Para escribir sobre una película como “Munich” es recomendable sentarse, concentrarse y recordar. Contar sin contar. No es fácil hacerlo. Un complejo tema, unido a profundos mensajes y miradas filosóficas, puede hacernos caer en una trampa sin salida. Es fácil decir lo primero que se nos viene a la cabeza. Es fácil hablar sin pensar, sobre todo en tiempos donde la ignorancia y una primitiva espontaneidad son el fuego que aviva tanto odio irracional. La película me ha dejado de un mal cuerpo demasiado evidente. Hay algunas secuencias, algunas imágenes, algunos trozos rotos clavándose en los corazones de quienes, a mi lado, compartían la sala del cine aquel día.
Hay un mensaje concreto delante, y casi tres horas de un espíritu consecuente y ferozmente tenaz detrás. La violencia únicamente desencadena más violencia. La violencia no es espectacular. La violencia es, simplemente, algo aterrador. Una pesadilla que se esconde debajo del colchón de nuestra cama, dentro del televisor o de nuestros teléfonos. Un sueño convertido en terrorífica realidad, disfrazado de religión, de patria e ignorancia, de valentía, de heroísmo. Un pedazo podrido enfermando el corazón. Propagándose incansablemente. Destruyéndolo todo. No hay vencedores, no hay inocentes, no hay esperanza en un conflicto en el que, los distintos intereses políticos y económicos, descarrían y catapultan las posibles respuestas, hacen saltar por el aire las soluciones, para aletargar y prolongar el sufrimiento eternamente. Un mensaje desalentador, frío, cruel, amargo y brutal surgido de la parte más oscura de un director magistral, que sigue en su incansable busca del maestro, del genio que lleva dentro.
Los asesinatos narrados tampoco son espectaculares, los tiroteos son burdos, caóticos, realistas. Los actos terroristas saturan el metraje. Saturan la mente del espectador. La estructura narrativa de los ajustes de cuentas se reitera. Estos resultan repetitivos, penetrantes, en una rutina monstruosa y desasosegante. Todo ello en intervalos muy cuidados, con miles de detalles, densos pero no pesados. Sin concesiones. Sin cabida ni espacio para el romanticismo, ni la épica, ni tan siquiera para el respiro del presente.
En la cinta no hay buenos. No hay malos. Solo hay víctimas. El hogar cuesta caro. La paz no tiene precio en un mundo en el que la vida sí lo tiene.
Steven Spielberg, de conocido origen judío, con esta película trata el conflicto palestino-israelí juzgándose a sí mismo. Cuestionando sus compromisos con Israel y sin temor, teniéndolo todo, lanzado de cabeza a tan peligrosa campaña, junto a unos guionistas magistrales. Pero sin detenerse allí, porque sabe que la guerra de la que nos habla tiene frentes abiertos en otros muchos sitios. La herida es un mar de llagas clónicas abiertas, y mientras se cura una, otras nuevas y mucho peores surgen a su lado. El mensaje es por tanto, universal. Y de esta forma se centra en narrar los conflictos interiores de uno de los terroristas. Conflictos que todos entendemos, humanizando un drama del que nos hace a todos partícipes directos.
Los aspectos técnicos de la película están respaldados por un filtro difuminador que empaña las imágenes dando un estilo fotográfico antiguo y sucio, no decantándose por una paleta fija de colores, al transcurrir en diferentes localizaciones geográficas (Europa, Israel, EEUU, etc), que nos introduce en una ambientación más creíble y realista. Gusto estético que se da en sus últimas producciones con bastante presencia, véase como ejemplo Salvar al Soldado Ryan. Gusto que parece compartir con su fiel y siempre presente director de fotografía Janusz Kaminsky. También destacar la puesta en escena, protagonizada por la perfecta ambientación (tanto histórica como estética), con contrastes de color, junto a la banda sonora del maestro John Williams con temas dramáticos y contenidos a su vez, en los que mezcla ritmos árabes con judíos. En definitiva, un conjunto delicioso para representar una realidad exasperante. Una dirección artística cruda junto a una realización y fotografía detallista y cortante, al lado de las interpretaciones más implícitas y contenidas de sus películas (en versión original, porque el doblaje la destruye), tomándose el esfuerzo de rescatar, como es usual en sus trabajos, a viejos grandes actores europeos como Michael Lonsdale. Su película más europea sin duda. El estilo con que renueva los thrillers de los setenta con gran maestría. Alguna cámara lenta forzada se le puede achacar, pero estamos delante de una de las obras más importantes y valientes de este director inaudito, condenado por méritos propios a ser recordado junto a los más grandes maestros del séptimo arte (aunque con muchas discrepancias dentro del mundo, siempre tan difícil, del espectador).
Para más información acerca de los hechos reales, la polémica, etc.:
Munich: Lo que nunca fue noticia
Fuentes:
www.munichmovie.com
www.labutaca.net
www.cinépatas.com
www.cómohacercine.com

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